martes, 13 de marzo de 2012


Llegar hasta la avenida donde se ubica el viejo cinema pastenino, es volver muchos años al pasado. Todavía conserva su estructura de zinc artísticamente repujado, que seguramente no se compró en establecimientos nacionales. Una sala que en sus buenos tiempos fue el foyer del cine aún muestra en sus paredes muchas fotos de viejas películas y, por supuesto algunos cuadros de los spaghetti western de los años 60, que nos recuerda que uno de ellos fue famoso porque en escena morían más de mil personajes.
Y hablo de estos western que fueron tan populares, porque ellos eran fruto de la cinematografía italiana, como: “El bueno el malo y el feo”, “Ringo dispara primero”, “Por unos dólares más” y tantos otros que dieron brillo a la pantalla grande. Todas estas películas se exhibieron en su momento en este cine, con gran afluencia de público, que por esos años no tenía muchas entretenciones en este lugar, donde una imagen del oeste de cualquiera de estas cintas competía con las localidades pasteninas, como sus hermosos cerros aún poblados de árboles nativos, la vieja estación y su famoso “tren chico”, que ya se lo hubiese querido cualquier director de cine para haber hecho una escena de asalto al tren.
Eran otros tiempos, cuando Pastene todavía tenía ese halo romántico de lo desconocido para muchos connacionales, ese algo que se va muriendo con el ingreso de la televisión y con el desaparecimiento de muchos espectáculos como el mismo cine. Sin embargo en Pastene el cine no ha muerto. Ahí está su edificio soportando terremotos, vaivenes del ir y venir de gente que quiere ingresar a conocer esta maravilla de principios del siglo XX y este foyer, pequeño, coloquial, que incita a la conversación, que nos prepara para ver si todavía podemos inhalar esa magia que se respiraba en los sesenta cuando en este lugar, aparte de servir como cine, se presentaban los mejores show santiaguinos de paso por La Frontera, como se llamaba en aquellos años a nuestra Araucanía.
Finalmente, la puerta que da al paraíso se abre, y hela allí, la antigua sala, la misma que albergó a los primeros colonos que alcanzaron a conocerla -porque es de los años diez-. Seguramente ellos vinieron a este lugar a ver al famoso Chaplín o las cintas nacionales “El violín de Inés”, con el grandioso tony “Chalupa”, “Todo por la Patria”, la gran producción de Arturo Mario quien junto al camarógrafo Francisco Von Teuber con Pedro Sienna como primer actor y María Padín dieron vida a esta cinta que contó con dos mil hombres en escena o el “Húsar de la Muerte”, también con Pedro Sienna y actrices como Clara Werther y Dolores Anziani, nombres olvidados, pero que de tarde en tarde son recordados por la calidad de sus trabajos, que, claro en ese tiempo era más expresivo que vocal, ya que se trataba de cine mudo.
Y veo que poco o nada ha cambiado en casi cincuenta años, las mismas viejas butacas de madera, la luz central en el techo, el piso, las paredes, todo indica que una porción de pasado ha quedado anclado entre estas viejas murallas que a cada pastenino le deben traer un recuerdo especial. Alguien me comentaba que aquí también solían presentarse obras de teatro en que los jóvenes de la colonia eran los actores, recordaban que la primera vez que se usó un traspunte hubo que cortar una tabla del piso y adecuarla para estas presentaciones.

El cine hoy en dia
Es que en los pueblos chicos, apartados, pareciera ser que este tipo de construcciones patrimoniales, como se les llama hoy, han sido más cuidadas, más valorizadas en su esencia que en las grandes ciudades, donde el día a día es más intenso y donde una porción de terreno de esta naturaleza tiene un valor comercial que debe ser productivo para sus propietarios.
Rápidamente la luz se apaga y se nos exhibe un documental sobre la historia del pueblo. Allí están los colonos, mostrando sus desventuras de los primeros años, la forma en que los pasteninos han transitado por más de un siglo buscando siempre el modo de fortalecer el nombre de su pueblo, con altos y bajos, pero siempre conservando la raíz de sus ancestros, la misma que los incita a visitar hoy las instalaciones del que fuera el viejo “Teatro Cinema Ítalo Chileno” y más tarde “Cine Rex”, como últimamente parece se le ha denominado.
Terminado el documental abandonamos ese paraíso escondido en un lugar lejano de La Araucanía, esperando regresar algún día para volver a evocar viejos recuerdos, ojalá que el cine pueda mantenerse en el tiempo y no corra la suerte de otros locales de esta naturaleza que han sucumbido bajo el empuje de la picota.

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